El silencio que quedó suspendido en el despacho fue tan intenso que era posible oír el canto de los pájaros en el jardín. Lila seguía de pie, inmóvil, como si su cuerpo se negara a procesar las palabras que acababa de escuchar. El sonido del tic-tac del antiguo reloj colgado en la pared del fondo parecía martillar dentro de su cabeza, amplificando el ambiente sofocante que dominaba la habitación.
Parpadeó despacio, dos veces, intentando aferrarse a algún resto de lógica, a alguna posibilidad de