El mundo se detuvo. O al menos eso fue lo que Maurício sintió al escuchar la última frase de su amigo. Parpadeó dos veces. Luego arqueó una ceja como si hubiera oído el mayor absurdo del universo. Porque, de cierta forma, lo había hecho.
—Perdón, ¿escuché bien? ¿Lila Montgomery? —repitió, todavía incrédulo, como si estuviera digiriendo una broma de mal gusto—. ¿Esa Lila? ¿La que llegó a un rodeo en helicóptero privado y bajó diciendo que el viento le había arruinado el cepillado de mil dólares?