El sol entraba por las rendijas de la cortina de lino blanco como un dedo acusador, atravesando la lujosa habitación con insistencia. El cuarto de Lila Montgomery era, como ella misma, impecable y dramático. Cortinas altas, una cama king size cubierta de almohadas en tonos rosa quemado, un espejo antiguo con marco dorado, perfumes alineados sobre el tocador. Todo era exactamente como ella quería: armonioso, estético, controlado.
Excepto por una cosa.
—¿Eh, princesita? ¡Hora de despertar!
La voz