El vehículo avanzaba con suavidad por las avenidas de Madrid, reflejando las luces doradas del atardecer en sus cristales tintados. Dentro, el silencio era casi insoportable.
Catalina mantenía la vista fija en la ventana, observando los edificios pasar como si buscara una salida invisible. El vestido negro resaltaba su figura, pero lo que brillaba en su mirada no era elegancia, sino una mezcla de orgullo herido y desconfianza.
Axel, sentado a su lado, con la chaqueta impecable y el reloj brillando en su muñeca, parecía hecho de acero. El aire que emanaba de él era de control absoluto, de ese tipo de autoridad que no necesita alzarse para imponerse.
Por un momento, solo se escuchó el murmullo del tráfico y el ronroneo del motor. Pero la calma no duraría.
—Catalina —su voz grave quebró el silencio con la firmeza de una orden—. Quiero que te comportes esta noche.
Ella giró lentamente el rostro hacia él, arqueando una ceja.
—¿Comportarme? —repitió con tono desafiante—. ¿Y qué significa ex