TREINTA Y DOS

La mansión Fort se erguía en la oscuridad, imponente y silenciosa. Las luces apagadas a través de los ventanales no dejaban entrever lo que ocurría en su interior, pero una energía densa parecía envolverla, como si el aire mismo se cargara de una tensión apenas contenible. El camino de entrada estaba desierto, solo la llovizna que caía suavemente sobre el empedrado interrumpía la quietud de la noche.

Catalina, después de un largo viaje en automóvil, descendió del coche con la ayuda del chófer.
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