La mansión Fort estaba en silencio aquella mañana, un silencio tan pesado que parecía hundirse en las paredes, en los pasillos y en los rincones. Catalina despertó temprano; había dormido mal, extrañaba la calidez de su departamento. Al abrir los ojos recuerda la molesta imagen de Axel besando a otra mujer anoche. No la había dolido por amor, porque aquello en su mundo no existe, pero sí por dignidad. Y aunque lo había enfrentado aunque le exigió respeto, aunque él aceptó con seriedad y voz firme sabía que convivir con él no sería fácil.
Aun así, Catalina había prometido no dejarse vencer.
Ese pensamiento fue lo que la impulsó a levantarse, ducharse y vestirse con elegancia simple: unos pantalones beige y una blusa celeste. Trenzó su cabello para evitar distraerse y bajó las escaleras con paso firme, buscando demostrar que, pese a todo, seguiría manteniendo su templanza.
La mesa del desayuno estaba servida.
Pero Axel no estaba. Aquello era una excelente noticia para ella.
Pero la que