Catalina avanzó con pasos seguros por el pasillo alfombrado hasta llegar al área Vip, intentando aparentar una calma que no tenía. La luz tenúe del área VIP apenas rozaba la piel descubierta de sus hombros, todavía caliente por la mezcla de la música, el alcohol y la irritación. No sabía si estaba molesta o simplemente harta, pero la sensación le arañaba el pecho como si necesitara salir corriendo de ahí, de aquel salón, de la ciudad… de Axel.
Suspiró, exasperada, mientras empujaba una de las puertas de cristal y volvía a internarse en la zona reservada. Podía sentirlo detrás de ella. No lo escuchó, pero lo sintió. Ese tipo tenía una presencia que se metía en los huesos antes de que uno pudiera darse cuenta.
Catalina apretó los dientes.
—No pienso hacer un papelón —se dijo a sí misma—. No delante de él. Pero tampoco voy a permitir que me humillen.
Cuando sintió el murmullo de la puerta abriéndose a su espalda y ese silencio particular que solo Axel era capaz de generar, se detuvo. No