SETENTA Y DOS

La noche había caído sobre Madrid con un silencio que envolvía las calles, apenas interrumpido por el lejano rumor del tráfico y los pasos apresurados de quienes volvían a casa. Axel salió de la oficina con un gesto pétreo, cansado, irritado… y con una molestia latente que no lograba sacudirse desde que habían aterrizado.

Apenas ingresó a su automóvil, marcó el número de la mansión. Una de las nucamas atendió con su voz amable:

—Señor Fort, buenas noches.

—¿Catalina ya llegó? —preguntó él sin rodeos, con ese tono frío que despertaba el temor ajeno.

Hubo una breve pausa.

—No, señor. Aún no ha regresado.

El ceño de Axel se frunció con fuerza. La mucama sintió el cambio de humor incluso a través del teléfono.

—Entiendo —fue todo lo que dijo, cortando la llamada.

Guardó el móvil en el bolsillo y ordenó al conductor que cambiara de rumbo.

Tenía muy claro dónde encontrarla.

Catalina no conocía muchos lugares en Madrid que pudiera llamar “refugio”. Su antiguo departamento era uno de ellos. Y
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