La noche había caído sobre Madrid con un silencio que envolvía las calles, apenas interrumpido por el lejano rumor del tráfico y los pasos apresurados de quienes volvían a casa. Axel salió de la oficina con un gesto pétreo, cansado, irritado… y con una molestia latente que no lograba sacudirse desde que habían aterrizado.
Apenas ingresó a su automóvil, marcó el número de la mansión. Una de las nucamas atendió con su voz amable:
—Señor Fort, buenas noches.
—¿Catalina ya llegó? —preguntó él sin r