La noche había avanzado silenciosa sobre Madrid, envolviendo cada edificio con un manto espeso y tranquilo. Catalina abrió los ojos lentamente, sintiendo un leve peso en el pecho. Por un instante tardó en ubicar dónde estaba. El departamento… su hogar. Esa sensación de pertenencia le brindó unos segundos de calma, hasta que recordó algo que le heló la sangre.
Axel.
Se incorporó de golpe. ¿Se había ido? ¿O seguía allí? Las partículas de aire parecieron detenerse mientras la duda crecía. Se bajó de la cama con cuidado, el suelo frío bajo sus pies la obligó a tensarse. Caminó hacia la puerta, abrió despacio, como si temiera encontrarse con un fantasma… o con algo peor.
El pasillo estaba oscuro.
Catalina avanzó unos pasos más, con el corazón golpeando su costado. Cuando llegó a la sala, la tenue luz que entraba desde la ventana le permitió distinguir una figura.
Axel.
Dormido en el sillón.
Catalina tragó saliva. Había creído que él se había ido, que la había dejado en paz. Pero no. Su esp