SETENTA Y UNO

El amanecer había comenzado a filtrarse por la ventana cuando Axel abrió los ojos. La luz tenue dibujaba líneas doradas sobre la habitación, iluminando la silueta de Catalina a su lado. Ella seguía dormida, envuelta en las sábanas, respirando con suavidad. Pero aquella quietud no debía engañar a nadie: bajo esa apariencia frágil había una tormenta… una tormenta que Axel conocía muy bien porque lo estaba arrasando por dentro.

Se incorporó, apoyándose sobre un codo, y la observó durante un largo minuto. El caos de la noche anterior parecía suspendido entre ellos, como un secreto prendido a la piel. No había arrepentimiento en su pecho, pero sí una certeza peligrosa: cada vez que se acercaba a Catalina, perdía el control un poco más.

—Catalina —murmuró.

Ella frunció el ceño, moviéndose apenas entre las sábanas.

—Catalina —repitió Axel, esta vez con un tono más firme.

Los ojos de ella se abrieron lentamente. Una oleada de confusión primero. Después, el recuerdo golpeándola con fuerza
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