El aire templado del mediodía se extendía por los jardines de la Villa, y Catalina caminaba lentamente entre los senderos de piedra. La luz del sol atravesaba las hojas de los rosales, dibujando sombras irregulares sobre el suelo. Había decidido distraerse allí mientras esperaba que Axel terminara con sus asuntos, mientras espera al bendito socio que había mencionado. No quería verlo, no quería escucharlo, y mucho menos quería sentir su presencia después de la tensión de los últimos días.
El silencio apenas era alterado por el canto lejano de unos pájaros. Catalina respiró profundo. Necesitaba, aunque sea por unos minutos, un respiro. Un espacio donde no existiera Axel Fort, ni su temperamento impredecible, ni sus prohibiciones, ni su fría arrogancia.
Pero la paz le duró poco.
Un automóvil de lujo se aproximó desde el portón principal. Catalina se detuvo, frunciendo el ceño. Reconoció la silueta alta del hombre que descendió primero: Eduardo Salazar había llegaso. Su porte imponente e