El amanecer se filtraba a través de los amplios ventanales de la Villa, extendiendo un resplandor tenue sobre el comedor. La luz grisácea anunciaba un día que apenas despertaba, pero el ambiente ya estaba cargado de tensión. Axel había bajado temprano. Sentado en la cabecera, con la espalda recta y la expresión severa de siempre, hojeaba algunos documentos mientras terminaba su café negro.
Catalina descendió las escaleras minutos después. Su paso era firme, aunque sus ojos revelaban cansancio y una sutil irritación. La noche anterior no había sido precisamente tranquila, y aunque no había cruzado más palabras con Axel después de que él se duchara, el ambiente entre ambos permanecía en un hilo tenso, como si un simple roce fuese suficiente para reanudar la fricción.
—Buenos días, señor —saludó Marie, dejando con delicadeza un plato frente a Axel.
El hombre apenas asintió, sin quitar la mirada de los papeles. Catalina llegó al comedor y tomó su asiento frente a él. Marie, con su paso