SESENTA Y DOS

El silencio que quedó tras la partida de Eduardo y su hija fue casi insoportable. El jardín aún conservaba las marcas del incidente: algunas rosas aplastadas, tallos quebrados y hojas esparcidas como restos de una pequeña guerra. Catalina, con el pulso acelerado pero el mentón orgullosamente en alto, permanecía a varios pasos de Axel, sabiendo que el hombre la observaba con una mezcla de irritación, incredulidad y una sombra oscura que jamás sabía interpretar.

Axel cerró la verja del jardín
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