El portón principal de la mansión se abrió en cuanto el vehículo de Axel se acercó. Las luces del camino se encendieron al reconocer su presencia, iluminando la figura del hombre cuando descendió del coche con pasos largos y silenciosos.
La noche había caído por completo, y la casa parecía más grande, más fría, más silenciosa de lo habitual. Axel cerró la puerta del automóvil con un movimiento firme y se encaminó hacia la entrada sin perder tiempo.
Apenas cruzó el umbral, encontró a Viviana organizando unos documentos en una mesa lateral. Ella levantó la vista de inmediato, adoptando una postura respetuosa.
—¿La señora Catalina comió algo? —preguntó Axel sin rodeos, con esa voz profunda y grave que no permitía evasivas.
Viviana no dudó ni un segundo.
—Sí, señor. —Mintió con una fluidez aterradora—. La señora comió y descansó adecuadamente.
Axel no notó el leve brillo malicioso que cruzó los ojos de la mujer. Asintió una sola vez, aceptando la respuesta sin cuestionarla.
—Dígale al chó