Madrid despertaba bajo una luz pálida, como si el sol dudara en salir del todo. La bruma matinal aún reposaba sobre los edificios, envolviendo las avenidas en una calma engañosa.
El reloj marcaba exactamente las 8:00 a.m. cuando el rugido de motores potentes rompió el silencio del vecindario. Tres vehículos negros se detuvieron frente al edificio de Catalina Cruz, alineados con precisión militar.
El del centro, un Bentley Continental negro azabache, destacaba sin esfuerzo. Las ventanas polarizadas reflejaban el amanecer como espejos oscuros. No había duda: Axel Fort estaba allí.
Los dos autos laterales, con los guardaespaldas uniformados, permanecieron inmóviles, pero el aire pareció hacerse más denso. El instinto de cualquiera habría sido apartarse, porque incluso sin verlos, se podía sentir el peligro que emanaba de aquella caravana.
Dentro del Bentley, el ambiente era distinto.
El silencio reinaba, interrumpido solo por el leve tic-tac del reloj de pulsera de Axel y el murmullo con