El club estaba lleno. La música vibraba en el suelo como un pulso, un latido que resonaba con los suyos. Se acercó a la barra, pidió otro vaso de alcohol. La primera sensación fue amarga, pero luego, con el segundo sorbo, vino la falsa calidez que tanto necesitaba.
Cerró los ojos por un momento, dejándose envolver por el sonido, por los cuerpos que se movían a su alrededor, por el eco de las risas que no le pertenecían.
Quizás si bailo un poco, podré olvidar.
Catalina dejó el vaso sobre la barra y caminó hacia la pista. Las luces giraban, el humo cubría los rostros, y las canciones cambiaban como si cada una quisiera apropiarse del alma de quien las escuchara. Al principio se movió con torpeza, como si su cuerpo dudara en obedecerla. Pero con cada segundo, con cada nota, la tensión fue cediendo.
Sus caderas se soltaron, sus manos siguieron el ritmo, y una sonrisa tímida se dibujó en sus labios.
Era la Catalina de antes: libre, segura, viva.
Pero incluso en medio de la música, la sombr