Mateo apretó los dientes y, con un gruñido de esfuerzo, levantó el cuerpo de Antonio y lo echó sobre sus hombros, ignorando el dolor que le atravesó la espalda. Los dos salieron tambaleándose, envueltos por el humo y las chispas. Cuando llegó al vehículo negro que había dejado a una distancia prudente, abrió la puerta trasera con una patada, depositó a Antonio con cuidado y luego se lanzó al asiento del conductor.
—Aguante, patrón. No me haga matarlo por morir —murmuró, encendiendo el motor con