Dante salió junto con Alonzo. Su rostro era una máscara de dureza, pero por dentro, la rabia aún burbujeaba. Habían terminado. Ya no quedaba nada más que sacarle.
—Demasiado generoso —comentó Alonzo, apagando su cigarro contra la pared y lanzándole una última mirada a su amigo.
—Es poco…
Afuera, el aire fresco de la noche contrastaba con el hedor encerrado en la bodega. Una camioneta negra los esperaba con el motor en marcha. Alonzo subió al asiento del conductor y Dante se acomodó al lado. Atr