El rugido del motor rompió el silencio de la tarde. La camioneta negra de Vittorio se detuvo bruscamente frente a la casona.
Las llantas chirriaron contra el empedrado y, sin apagar el motor, él bajó de un salto, aún con las manos en los bolsillos del abrigo de cuero.
El viento agitaba su cabello oscuro, y la tensión en sus hombros era visible desde lejos. Cerró la puerta de un golpe y subió los escalones de mármol como un león furioso que regresa a su cueva.
Abrió de un empujón las puertas d