Los disparos retumbaban por cada rincón de la mansión como una sinfonía de guerra. El suelo estaba cubierto de casquillos y sangre, el aire espeso por el humo de los explosivos. Pero aun así, Dante no se detenía.
Con el rostro cubierto de sudor, polvo y sangre, avanzaba entre cuerpos, bajando a los últimos hombres de Vittorio con la furia de un hombre que ya no conocía el miedo.
La rabia le quemaba las entrañas. Aurora estaba herida, Bianca entre los escombros y su casa en ruinas. Y todo por c