El motor rugió con fuerza cuando Dante detuvo su auto frente a la mansión. La noche estaba silenciosa, pero dentro de su cabeza el caos no cesaba. Apretó el volante por un momento, intentando calmar la rabia que hervía bajo su piel. No podía sacarse de la mente la imagen de Aurora escapando de sus brazos, el sabor de sus labios aún persistía en los suyos, encendiendo un deseo que no había podido saciar.
Al bajar del auto, un dolor punzante le recorrió la pierna herida, recordándole el precio de