Aurora dejó el botiquín sobre la mesa de centro y se puso de pie, sintiendo cómo el aire se volvía más denso en la habitación. A pesar del calor que subía por su piel, se obligó a mantener la calma. Dante la observaba en silencio, sus ojos oscuros fijos en ella, cargados de algo que no podía, o no quería, descifrar.
—Será mejor que suba a mi habitación —dijo Aurora finalmente, su voz más suave de lo que pretendía.
Dante no respondió de inmediato. Lentamente, se colocó de pie, ignorando el dolo