Aurora sentía cada bache del camino como una punzada en las costillas. El motor rugía y el traqueteo metálico de las puertas cerradas era lo único que llenaba el silencio. El interior de la camioneta estaba envuelto en penumbra, con un leve olor a cigarro, sudor viejo y gasolina que le revolvía el estómago.
Iba en el asiento trasero, acurrucada contra la puerta, como si esa cercanía con el borde le pudiera dar alguna forma de escape. Pero no la había. No ahora.
Ulises no decía nada, pero de vez