Las puertas de la mansión se abrieron con estruendo, golpeando contra las paredes como si anunciaran la furia que venía tras ellas.
Dante entró primero, como una tormenta contenida en un traje oscuro manchado de sangre. Su rostro estaba desencajado, con la mandíbula apretada y los ojos inyectados de una rabia silenciosa.
Alonzo lo seguía de cerca, aún con el abrigo puesto, sosteniendo su arma con firmeza, como si esperara que en cualquier momento alguien apareciera para morir.
—¡Llamen a todos