Mientras tanto, Aurora se sentó con dificultad en la cama. Sus músculos aún estaban entumecidos, y una sensación extraña le recorría el cuerpo, como si su piel no le perteneciera. Miraba sus propias manos con desconcierto, como si buscara alguna señal que le revelara quién era realmente.
Antonio la observaba desde una silla, a escasos pasos. Había apagado la luz principal del sótano y encendido una lámpara pequeña, que proyectaba sombras largas y deformes sobre las paredes. Su mirada se mantení