La brisa tibia del sur de Inglaterra rozaba apenas las persianas de la habitación privada, filtrando la luz del amanecer en líneas doradas que atravesaban el silencio aséptico del hospital.
Todo estaba en calma, salvo por el leve pitido constante de las máquinas médicas que monitorizaban cada latido, cada respiración, cada señal de vida del paciente que yacía en la cama número 4, aislada del resto, con guardias en la entrada y sin nombre en la puerta. Su rostro, completamente envuelto en venda