Dante había ordenado llevar a Antonio, a una de las bodegas del sur, no quería que Aurora volviera escuchar su voz y mucho menos sus gemidos de dolor, que era lo que se aproximaba a solo pocos segundos.
La puerta del sótano se cerró con un chirrido sordo.
El eco de los pasos se desvaneció entre las sombras. Solo quedaron tres figuras bajo la tenue luz amarilla que oscilaba desde una lámpara colgante, Dante, Alonzo y Antonio. El primero, implacable como una tormenta en silencio, el segundo, fi