El sol apenas comenzaba a pintar de naranja los contornos de la mansión en Bolonia. Una brisa suave se colaba por las rendijas de las ventanas mientras el silencio de la madrugada envolvía cada rincón.
Aurora dormía con el rostro apacible sobre el pecho de Dante, sus piernas enredadas con las de él, como si temiera que al soltarlo todo se desvaneciera.
—Aurora… —la voz llegó desde la planta baja, firme y conocida—. Aurora, ¿puedes bajar?
Ella abrió los ojos de golpe.
—¡Es Alonzo! —exclamó, apa