Dante caminó hacia la entrada con pasos firmes, aunque dentro de él se agitaba una tormenta. El eco de los gritos de Francesco aún resonaba en las paredes de la mansión.
Al llegar a la gran puerta doble, se detuvo un instante. Respiró hondo, intentando calmar el fuego que le subía por el cuello. Luego, con una sola orden a uno de sus hombres, hizo que abrieran.
Las puertas de la mansión se abrieron lentamente, dejando entrar el frío de la noche y la tensión que venía con ella.
Las luces del ve