El reloj antiguo de la biblioteca marcaba las seis en punto cuando Dante cerró con firmeza el libro que sostenía. El silencio se volvió aún más pesado mientras Francesco, de pie frente a él, lo observaba con expresión impenetrable. La luz dorada del atardecer filtrada por las ventanas teñía de bronce los lomos de los libros, como si el tiempo se detuviera para presenciar lo inevitable.
—Es mejor que se retire, Francesco —dijo Dante con voz baja, pero firme—. Aunque no crea que se irá con las ma