Bianca cruzó el pasillo como pudo hasta las escaleras. Los disparos se intensificaban a cada paso que daba. Cuando bajó, los ojos de Alonzo se posaron en ella con sorpresa.
—¿Bianca?
—Dame un arma —dijo ella con voz ronca, firme.
—Estás herida.
—No importa. Voy a proteger a Aurora. Si alguien quiere tocarla, tendrá que matarme primero.
Hubo un silencio tenso por un instante. La sangre goteaba de su frente, pero sus ojos brillaban con la misma furia que los de Alonzo. Él asintió lentamente, sin