Las llamas devoraban una parte del muro trasero. Los disparos eran constantes, secos, frenéticos. Los gritos de hombres heridos retumbaban entre los pasillos mientras las balas perforaban ventanas y paredes. La mansión estaba en guerra.
Alonzo disparaba sin detenerse desde la galería, cubriendo la zona del bosque. Su rostro estaba cubierto de sudor y sangre seca. Cada bala era una sentencia. Cada caída enemiga, un paso más cerca de proteger a los suyos.
—¡Avanzan por el flanco izquierdo! —gritó