La luz era tenue, filtrada por las cortinas gruesas de aquella vieja habitación que alguna vez sirvió como sótano de almacenamiento. Ahora, se había convertido en un improvisado infierno.
Aurora estaba sentada en una vieja silla de madera, las piernas cruzadas, el rostro sereno, casi elegante, mientras observaba al hombre al que una vez temió.
Antonio comenzó a parpadear con dificultad, sus párpados pesados como plomo tras el efecto del sedante.
La penumbra de la habitación solo era interrumpi