El sonido de pasos apresurados retumbó en el pasillo antes de que Mateo abriera la puerta de golpe.
No venía solo, una mujer de mediana edad, delgada, con lentes de marco grueso y un maletín de cuero, lo seguía de cerca.
La médica ni siquiera miró a Aurora a los ojos, como si ya supiera que aquello no era una consulta voluntaria.
—Siéntate —ordenó Mateo en tono seco, señalando la cama.
Aurora obedeció en silencio, su cuerpo tenso, sus ojos siguiendo cada movimiento de la doctora mientras está