Ulises salió del hospital con una calma que contrastaba con el caos que acababa de desatar. El cadáver del hombre de Dante aún yacía en el suelo, y el eco del disparo parecía resonar en sus oídos como una melodía de victoria. Caminó por el estacionamiento, se subió a su auto y encendió el motor con una sonrisa satisfecha en el rostro.
Sacó su celular del bolsillo y buscó el contacto de Antonio. Apenas presionó el botón de llamada, escuchó la voz de su jefe al otro lado de la línea.
—Ya está hec