Una sonrisa llena de satisfacción se dibujó en el rostro de Dante, quien llevó sus manos a la pretina de su pantalón, sacó su arma y empezó a rodear a Antonio como cazador a su presa.
—¡No! —gritó Aurora desde el auto al ver que Dante le apuntaba a Antonio.
—¡Es mejor que te calmes!, no quiero hacerte daño, por favor, contrólate —dijo Alonzo en voz baja, su mirada estaba fija en ella, por alguna extraña razón sentía compasión de ella, quería abrazarla, consolarla, y por qué no, poder besar sus