44. Territorio Prohibido
La mesa del desayuno esperaba con perfección enfermiza: café recién hecho, frutas cortadas, pan caliente. Max estaba allí, impecable en su traje azul oscuro, hojeando el periódico como si la noche anterior no hubiera ocurrido. Ni una palabra, ni un reproche. Solo el roce helado de su mirada cuando levantó los ojos.
—Dormiste mal —dijo, más constatación que pregunta.
Me serví café, ignorando la tensión que se incrustaba bajo la piel.
—¿Qué quieres, Max? —pregunté al fin, sin rodeos.
Él cerró el p