34. Juegos de Poder
El amanecer me había dado una claridad brutal: no quería seguir siendo la mujer rota que Max moldeaba a su antojo. No más. Pero una cosa eran las decisiones personales, íntimas, esas que me repetía en silencio frente al espejo, y otra muy distinta era la fachada que sosteníamos frente al mundo. París no tenía por qué saber que nuestro matrimonio era un campo de batalla disfrazado de idilio perfecto.
La ciudad, con sus luces y su devoción por la belleza, nunca toleraba las grietas. Nos obligaba a