26. El Vuelo a París
Me desperté con el mensaje de Alejandro aún latiendo en mi cabeza como un tambor sordo. No eran solo palabras: era un recordatorio de que el mundo seguía girando aunque yo quisiera detenerlo, aunque mi vida estuviera suspendida en un limbo entre el pasado y un futuro que se avecinaba como tormenta.
La luz del amanecer se filtraba por las cortinas de la mansión, bañando la habitación en un rosa delicado. Una belleza cruel. Afuera todo parecía quieto, perfecto, casi idílico. Adentro, yo era caos puro.
París. La ciudad de la luz, de los puentes que unen amantes y de las promesas que se rompen sin esfuerzo. Max había mencionado el viaje la noche anterior, con esa voz grave que usaba cuando lo no dicho lo aplastaba. “Es por negocios”, aseguró. Yo asentí, pero lo conocía demasiado bien: esa voz escondía grietas, secretos, y quizá una salida que él necesitaba tanto como yo.
¿Negocios? Tal vez. Pero yo intuía algo más. Una oportunidad. Para él, tal vez de negociar alianzas. Para mí, de escapa