27. Secretos en la Ciudad de la Luz
El café en Saint-Germain huele a croissants recién horneados y a café fuerte, un aroma espeso que se mezcla con la humedad que aún vibra en los adoquines brillantes de París. Me siento junto a la ventana, con el abrigo húmedo colgado en la silla, mientras observo el desfile de paraguas que avanzan como sombras disciplinadas entre charcos y faroles encendidos. La ciudad es un cuadro en movimiento, vibrante, casi perfecto… pero ajeno a mi guerra interior. París siempre se vende como la ciudad de la luz, pero hoy me parece un caleidoscopio roto: cada destello devuelve un fragmento incómodo de una verdad que intento esquivar.
La campana de la puerta tintinea y lo veo. Alejandro. Camina con la seguridad silenciosa que siempre logra desarmarme. El cabello oscuro pegado a la frente, la gabardina azul empapada que deja un rastro en el suelo… y esa sonrisa torcida, peligrosa, que por un segundo borra la razón de nuestra cita. Respiro hondo: no vine a sentir, vine a descubrir. Max y yo estamos