111. La Confesión
El silencio de mi apartamento no es paz. Es un depredador.
Abro la puerta y el aire frío del espacio vacío me golpea la cara. No huele a hogar. Huele a soledad costosa. Huele a la decisión estúpida que tomé de alejarme del único hombre que he amado.
Dejo las llaves sobre la mesa de la entrada. El sonido del metal contra la madera es un disparo seco en la oscuridad. Mis manos todavía tiemblan. No es solo frío. Es la adrenalina tóxica de la humillación.
Camino hacia la sala sin encender las luces.