Llegué al hotel a las nueve y cuarto.
No recordaba haber tomado un taxi. No recordaba el trayecto. Recordaba los adoquines del café y de pronto el mármol frío del lobby y el ascensor cerrándose con ese sonido suave y hermético de las cosas caras.
El espejo del ascensor me devolvió a una mujer que no reconocí del todo.
El corrector de las ojeras había desaparecido. El rojo de los labios, también. Quedaba el traje negro y los tacones Louboutin y el pelo suelto, pero la arquitectura del conjunto h