El coche llevaba una hora aparcado.
Diego no había apagado el motor. Lo apagó a los diez minutos y lo encendió dos veces más, sin arrancar, como si el sonido fuera lo único que separaba estar aquí de tener que subir.
La fachada del edificio de Lorena y Max era la misma de siempre. Cuatro pisos de ladrillo visto, el portal con el código que Diego sabía de memoria aunque hubiera preferido olvidarlo. Las luces del tercero encendidas. Las de siempre a esta hora: el salón, la cocina, la lamparita de