La Socia

No dormí. Pero a las seis de la mañana ya estaba de pie frente al espejo del baño, con las manos apoyadas en el mármol frío y los ojos clavados en la mujer que me devolvía la mirada.

Ojeras violáceas. Labios agrietados. Pero los ojos estaban vivos. Encendidos con esa clase de fuego que no se alimenta de sueño sino de rabia acumulada.

Hoy les devolvía la cara a todos los que me dieron por muerta.

A las dos y veinte, Julián me envió un mensaje de tres líneas: los niños salían de la guardería a las tres. Diego los recogía él los miércoles. Parque del Retiro, entrada por Alfonso XII, el circuito que hacían siempre según los informes del detective. Cuatro años de seguimiento discreto, cuatro años de mi dinero convertido en coordenadas, horarios y fotos robadas desde lejos. Para eso había servido. Para saber que mis hijos existían. Para saber dónde encontrarlos cuando llegara el momento.

El momento era ahora.

Abrí el clóset. Tres opciones. Las estudié como un general estudia el mapa antes de la batalla, porque eso era: una batalla. Y en las batallas, la armadura importa.

Descarté el gris. Demasiado conciliador. Descarté el burdeos. Demasiado honesto sobre lo que todavía me hacía sentir estar en la misma ciudad que Diego.

Elegí el negro. Falda tubo que me llegaba justo debajo de la rodilla. Blusa de seda con un botón más abierto del que usaría en cualquier otra reunión, porque quería que Diego lo notara y que le ardiera notarlo. Tacones Louboutin con la suela roja. Los mismos que me regaló en nuestro aniversario. Los mismos que llevaba puestos la noche que le dije que estaba embarazada y él me alzó en brazos y giró conmigo en la cocina como un adolescente.

Los mismos tacones. Diferente mujer.

Labios rojos. Corrector en las ojeras. Perfume en las muñecas y detrás de las orejas, el mismo de siempre, el que Diego solía buscar en mi cuello cuando creía que yo dormía. Sí. Que me huela. Que recuerde. Que le duela.

Julián me esperaba en el lobby. Traje azul marino. Cara de abogado que ha dormido exactamente las horas necesarias para ser letal.

—¿Dormiste? — preguntó.

—No.

—Se nota.

—Bien — dije. —Que vean que llevo cuatro años sin dormir y aun así puedo comprar su empresa.

El coche nos llevó por la Castellana bajo un sol de junio que hacía brillar Madrid con la normalidad obscena de una ciudad que siguió funcionando mientras yo me desangraba al otro lado del océano.

El edificio de Undurraga & Walker era cristal y acero. Veinte pisos de ego masculino. La última vez que crucé esa puerta giratoria llevaba un vestido de premamá y una sonrisa de mujer que cree que su marido la quiere. Ahora entraba con un portafolio que contenía la escritura de su derrota.

La recepcionista alzó la vista. Se le congeló la sonrisa al reconocerme. Pude leerle el pensamiento: la arquitecta que abandonó a sus hijos. La versión que Diego sembró como veneno durante cuatro años.

—Sala de juntas. Piso diez — dije sin sonreír. No necesitaba caerle bien a nadie. Necesitaba que me temieran.

El ascensor se cerró. Julián me miró de reojo.

—Si necesitas salir en cualquier momento, me miras.

—No voy a salir de ningún lugar nunca más.

Piso diez. Las puertas se abrieron. Pasillo largo. Paredes de cristal. Alfombra gris. Al fondo, la sala de juntas iluminada por el sol de la mañana.

Y Diego.

Lo vi antes de que él me viera. Estaba de pie junto a la ventana, con un café en la mano y la chaqueta desabrochada. Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente. No fue un pensamiento: fue una sacudida, un cortocircuito que me recorrió desde la nuca hasta los tobillos.

Cuatro años y mi sistema nervioso seguía cableado a este hombre.

Estaba más delgado. Más duro. Las sienes le habían empezado a encanecer y eso le daba un aire de autoridad cansada que me enfurecía porque lo hacía más atractivo. Más parecido al hombre del que me enamoré y menos al monstruo que necesitaba que fuera para poder odiarlo sin fisuras.

Empujé la puerta de cristal. Entré. Doce cabezas se giraron hacia mí como un solo organismo.

Diego bajó el café. Nuestras miradas se cruzaron.

Y el tiempo se detuvo.

No exagero. El tiempo se detuvo de verdad. Cuatro años de distancia se evaporaron en un segundo. Todo lo que había entre nosotros —la traición, el hospital, la firma, el avión, los mil cuatrocientos sesenta días de ausencia— se comprimió en el espacio de su pupila dilatándose al verme.

Me reconoció la ropa. Lo vi en sus ojos: bajaron a los tacones, subieron por las piernas, se detuvieron en el botón abierto de la blusa, y volvieron a mi cara. En ese recorrido, en esos dos segundos de debilidad, supe que no me había olvidado. Que su cuerpo me recordaba igual que el mío lo recordaba a él: con la violencia de los órganos que no saben mentir.

Bien. Que le arda.

—Buenos días, señores — dije, y mi voz sonó más firme de lo que merecía. —Mi nombre es Camila Vega. Soy la nueva socia mayoritaria de esta firma.

Silencio de plomo. El tipo de silencio que tienen las habitaciones cuando alguien arranca una granada y todavía nadie sabe si es real.

Max Undurraga se puso de pie.

—Camila. Bienvenida. Tu silla está aquí.

—Gracias, Max. Pero prefiero sentarme ahí.

Apunté a la silla directamente frente a Diego. A menos de dos metros de su cara. A la distancia exacta en la que podía verle las pupilas y contarle las canas nuevas.

Me senté. Crucé las piernas. Abrí la carpeta. Mis manos no temblaron.

Mis manos habían olvidado cómo temblar.

No voy a describir los números porque los números no importan. Lo que importaba era la cara de Diego mientras los veía. Cada proyección era una bofetada. Cada contrato internacional que Julián desplegaba era un clavo más en el ataúd de la versión que Diego había contado: que yo era inestable, incapaz, que había huido.

Yo no había huido. Había estado construyendo un ejército.

Diez a favor. Dos abstenciones. Diego no levantó la mano. Se quedó inmóvil, con la mandíbula tan apretada que le pude ver la vena del cuello palpitando desde el otro lado de la mesa.

Esa vena. La que yo besaba.

—Bienvenida, señora Vega — dijo Max.

Los socios salieron. Julián me miró. Yo asentí: vete. La puerta se cerró.

Quedamos solos.

Diego y yo. Cristales de piso a techo. Madrid brillando afuera. Y adentro, cuatro años de veneno contenido buscando por dónde salir.

Se acercó. Demasiado cerca. Podía olerlo: madera, tabaco, esa colonia que solía buscar en mi cuello. Mi estómago se contrajo. De rabia. De otra cosa que no iba a nombrar.

—¿Qué estás haciendo, Camila?

Su voz. Baja. Controlada. Pero debajo, el temblor.

—Lo que debí hacer hace cuatro años — respondí. —Quedarme.

—No te quiero aquí.

—No te estoy pidiendo permiso, Diego. Se me acabaron los permisos hace mil cuatrocientas sesenta noches.

Se inclinó hacia mí. Lo suficiente para que su aliento me rozara la frente. Lo suficiente para que mi cuerpo entero se incendiara.

—No vas a acercarte a mis hijos — susurró.

—Son mis hijos también.

Lo dije despacio. Cada sílaba colocada con cuidado, como quien coloca piezas de vidrio sobre una superficie frágil. Y lo vi en su cara: el impacto. El mismo impacto que yo sentí cada noche durante cuatro años cuando cerraba los ojos y el silencio de sus voces me aplastaba el pecho.

—Esta conversación terminó — dijo.

—No. Apenas empieza.

Me levanté. Tomé mi carpeta. Caminé hacia la puerta y me detuve en el umbral.

—Voy a ver a mis hijos, Diego — dije sin girarme. —Con tu permiso o sin él. Pero te juro que prefiero que sea contigo.

No esperé su respuesta.

Salí con los tacones repicando en el pasillo como una cuenta regresiva.

Tic. Tic. Tic.

El reloj que él mismo había puesto en marcha, cuatro años atrás, en una habitación de hospital que olía a desinfectante.

Ahora llegaba a cero.

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