Diego seguía en la puerta.
Los brazos cruzados. La mandíbula quieta. La expresión de alguien que ha contado los pasos del adversario y sabe exactamente cuántos le quedan.
Yo tenía el teléfono en la mano. El mensaje de Julián brillando en la pantalla. Y el bolígrafo Montblanc a quince centímetros de mis dedos, frío y pesado y lleno de la certeza de Diego de que yo no tenía otra salida.
Lo miré.
Él esperó.
Y entonces lo entendí.
No el mensaje de Julián. No la jaula. Entendí algo anterior, algo qu