Al despuntar el alba, la noticia corría como un incendio imparable por todo el territorio de la manada.
Cada rincón, cada casa, cada callejuela estaba cargada de murmullos y voces que se unían en un lamento colectivo.
—¡Murió la hija del difunto Alfa! —gritó una anciana con lágrimas en los ojos.
—¡Qué tragedia! ¡Se acabó la esperanza! —replicó un hombre con el rostro demacrado por la desilusión.
El aire se volvió pesado, como si incluso el viento llevara consigo la noticia de la desgracia.
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