Mundo ficciónIniciar sesiónAlma permanecía inmóvil frente a la iglesia, con la mirada perdida algunos invitados se habían salido de la iglesia y, murmuraban a su alrededor. Alma levantó la vista, confundida.
Al oír aquella propuesta. <<"Yo me caso contigo" >>
Héctor se detuvo frente a ella. Su expresión era seria, casi impenetrable, pero sus ojos no se apartaron de los de ella.
—Cásate conmigo —dijo con voz firme.
Alma abrió los ojos, sin poder creer lo que acababa de escuchar.
—¿Qué?
—Primero, hablaremos de un contrato prematrimonial y de algunas condiciones —continuó Héctor, sin perder la calma—. Si aceptas, nos casaremos.
El silencio se apoderó de todos a su alrededor. Alma sintió que su corazón latía con fuerza, atrapada entre la humillación de haber sido abandonada y la inesperada propuesta de aquel hombre.
—¿Por qué harías algo así? —preguntó ella, con la voz temblorosa.
Héctor bajó la mirada por un instante antes de responder.
—Porque tú necesitas una salida de esta situación… y yo necesito una esposa. No habrá amor, ni promesas que no podamos cumplir. Solo un acuerdo.
Alma miró hacia la iglesia, hacia las flores, los invitados. Y después volvió a mirar a Héctor.
Aquel matrimonio podía ser una locura. Pero quizá también era la única forma de recuperar un poco de la dignidad que Víctor le había arrebatado.
Héctor tomó a Alma de la mano con firmeza, pero sin lastimarla. Sus dedos cálidos se cerraron alrededor de los de ella, como si quisiera impedir que el miedo la hiciera retroceder.
—Vamos —dijo en voz baja—. Iremos a mi casa para hablar.
Alma lo miró sorprendida. Todo a su alrededor parecía confuso: los invitados observándola, los murmullos dentro de la iglesia.
—No sé si esto sea buena idea —susurró.
Él sostuvo su mirada con seriedad.
—No tienes que decidir nada ahora. Solo quiero que podamos hablar sin que todos nos estén mirando.
Alma bajó la vista hacia sus manos entrelazadas. No conocía realmente a ese hombre, era un desconocido con el cual compartió una noche de pasión bajo los efectos del alcohol.
Pero en aquel momento, era la única persona que no la miraba con lástima, sin decir más, Alma asintió.
Héctor la condujo hasta su auto negro, estacionado frente a la iglesia. Le abrió la puerta del copiloto y esperó a que ella subiera. Después rodeó el vehículo y ocupó el asiento del conductor.
El trayecto transcurrió en silencio.
Alma observo por la ventanilla del auto, viendo cómo se alejaban de la iglesia poco a poco. Sentía tristeza, rabia y una extraña calma al mismo tiempo. No sabía qué podía ofrecerle ese hombre.
Cuando el auto, atravesó las enormes rejas negras de la propiedad, la mansión era impresionante, elegante, enorme más bien parecida a un hotel de lujo que a una vivienda familiar.
Héctor apagó el motor. —Hemos llegado —dijo. --bienvenida a tú. Nuevo hogar si decides aceptar.
Dijo Héctor con voz tranquila. Aquellas palabras que resultaron extrañas, para Alma. <<Hogar>>
Entraron juntos, el vestíbulo estaba decorado con mármol blanco, y enormes ventanales y una elegante escalera central.
Varias empleadas domésticas los observaron con sorpresa, algunas sonrieron, otras parecían confundidas.
Era evidente que nadie esperaba ver entrar a una mujer vestida de novia.
Héctor se quitó el saco y caminó hacia su despacho mientras Alma lo seguía en silencio una vez dentro, él cerró la puerta.
Héctor caminó hacia un pequeño escritorio. Abrió un cajón y sacó una carpeta negra.
Alma frunció el ceño. —¿Ya tenías preparado un contrato?
Héctor guardó silencio por unos segundos antes de responder.
—Mi familia ha intentado obligarme a casarme. Preferí estar preparado.
Colocó la carpeta sobre el escritorio y, después se sentó.
—No quiero engañarte, Alma. Esto no será un matrimonio normal.
Ella soltó una risa amarga.
—Después de lo que ocurrió hoy, no creo que sepa qué es normal.
Héctor la miró fijamente.
—Si aceptas casarte conmigo, tendrás tu propia habitación, podrás tomar tus propias decisiones. No tendrás que fingir sentimientos por mí cuando estemos solos.
Alma bajó la mirada hacia la carpeta.
—¿Y frente a tu familia?
—Frente a ellos tendremos que aparentar que somos una pareja feliz.
Ella levantó la vista.
—¿Cuánto tiempo?
— Tres años.
Alma se quedó en silencio.
—¿Tres años de matrimonio falso?
—Tres años. Después podremos divorciarnos sin problemas y cada uno seguirá con su vida.
Héctor abrió la carpeta y le mostró las primeras páginas del documento.
—También habrá una cláusula de confidencialidad. Nadie puede saber que este matrimonio comenzó como un acuerdo. Ni mi familia, ni tus amigos.
—¿Y qué obtienes tú con todo esto? —preguntó Alma.
Héctor apoyó los brazos sobre el escritorio y respiró con lentitud.
Por primera vez, su expresión cambió.
—Que cuides de mi hija durante ese tiempo, ella necesita, quien se ocupe de ella, tiene apenas cinco años.
—¿Tienes una hija? —preguntó Alma, frunciendo el ceño.
Héctor apartó la mirada.
—Sí.
El silencio volvió a llenar el despacho.
Alma sintió extraña punzada en el corazon que no logro entender porque.
—¿Quieres que sea su niñera?
Héctor tardó demasiado en responder.
—Sí, ella es prioridad en está casa.
Aquella respuesta fue clara, directa y dolorosa.
Alma cerró la carpeta lentamente.
—Entonces, ¿qué lugar tendría yo en tu vida?
Héctor volvió a mirarla.
—El de mi esposa ante el mundo. Nada más.
Alma apretó los labios, intentando contener las lágrimas. No quería volver a sentirse rechazada. No quería ser la mujer que alguien escogía solo porque necesitaba una solución.
—¿Y si conozco a alguien durante estos tres años? —preguntó.
Héctor permaneció serio.
—Mientras no pongas en riesgo el acuerdo, podrás hacer lo que quieras con tu vida.
—¿Y tú?
—Lo mismo.
Alma observó el contrato durante varios segundos. Todo aquello era absurdo. Un matrimonio sin amor, con reglas, secretos y una fecha de vencimiento. Pero también era una oportunidad.
—Quiero añadir una condición —dijo finalmente.
Héctor arqueó una ceja.
—Te escucho.
—No quiero que me trates como una empleada dentro de esta casa. Si voy a ser tu esposa, aunque sea solo por contrato, o más bien <<tu esposa de mentira>> quiero respeto. Quiero que mis decisiones importen.
Héctor la observó con atención.
Después de unos segundos, asintió.
—Acepto.
Alma tomó la pluma que estaba sobre la mesa. Sus dedos temblaban mientras firmaba su nombre al final de la última página.
Alma Salazar.
Cuando terminó, Héctor tomó el contrato y lo firmó también.
Héctor Varela.







