Al oír esa voz conocida, Cira volvió en sí.
El recuerdo del secuestro le recorrió la espalda como hielo: sudor frío, el rostro lívido.
Héctor no notó su temblor; solo pensó que seguía molesta. Siguió, por su cuenta, con su intento de retenerla:
—Ya entendí mi error. Organicé todo para la boda, compré de nuevo el vestido que te gusta. Si vuelves conmigo, nos casamos en cuanto lleguemos a casa…
Cira lo apartó de un empujón y le cruzó la cara con una cachetada.
—Héctor López, la última vez te lo di