La luz del amanecer filtraba su tibieza por las rendijas del santuario, pero en el interior del cuarto principal, no había paz. Aeryn yacía en la cama, el rostro empapado en sudor, respirando como si hubiera corrido durante días.
Lucien estaba a su lado, sosteniéndole la mano con fuerza, el pecho apretado por algo más que miedo. Aún no había abierto los ojos desde que regresaron de la Cámara. El medallón, roto casi por completo, colgaba sobre su vientre como un faro agonizante.
—Vamos, mi luna