El consejo no tardĂł en reunirse.
La sala redonda, hecha de piedra antigua y madera tallada con sĂmbolos de la manada, estaba colmada de presencias. Algunos eran viejos conocidos, lĂderes de clanes dispersos. Otros eran rostros nuevos, herederos de linajes que Eira jamás habĂa visto en persona, pero que ahora estaban allĂ, convocados por los susurros de un cambio inevitable.
Aidan estaba de pie, en el centro. Su figura imponente no titubeaba, pero sus ojos oscuros reflejaban una tormenta conteni